Cuando Marco Polo regresó a su hogar, Venecia, en 1295, tras veinticinco años de ausencia, y contó sus u00abviajesu00bb, fueron tales las maravillas que describió, que sus compatriotas apenas dieron crédito a su relato. Su respuesta fue contundente: u00abPues no he contado ni la mitad de las cosas extraordinarias de las que he sido testigou00bb. Poco tiempo después, en una prisión de Génova república por entonces en guerra con Venecia tuvo ocasión de poner por escrito, dictándoselas a Rustichello de Pisa, sus fascinantes aventuras, y la incredulidad inicial de sus contemporáneos fue trocándose en admiración y asombro.