Nada más gratificante que divulgar la obra de un buen artista. Tal es el caso de Pedro Ruiz. Desde el momento mismo en que empezó a aparecer, allá por los años ochenta, los trabajos de Pedro Ruiz (Bogotá, 1957) u2014que han viajado, muchas veces de manera itinerante, por Brasil, Colombia, España, Estados Unidos, Francia, Italia , Méxicou2014 no han dejado de sorprender.
Llama la atención en esta obra, que a todas luces no parece conformarse con lo establecido, su busca insaciable de nuevos aires. De ahí, sus permanentes ensayos de técnicas y medios expresivos; de ahí su aprovechamiento de cualquier posibilidad promisoria para sus metas; de ahí sus incursiones en la fotografía, la moda o el diseño de escenografía o los proyectos de carácter multidisciplinario y colectivo. De ahí también el sorprendente despliegue temático que tantas veces rubrica con delicioso humor. Como dice William Ospina en el texto central de este libro, Pedro Ruiz u201ctiene esa manía picassiana de andar interviniendo todo lo que toca, las sillas, los trajes, los objetosu201d.
Y sus preocupaciones, que son al mismo tiempo sus pasiones, son relevantes primordialmente al hombre y a la naturaleza. Al artista le emociona tanto la naturaleza como le preocupa su deterioro; le conmueve tanto el individuo como le duele su maltrato.