En la isla de Ayrie todo el mundo se conoce. Conocen las historias de los demás como conocen cada camino, cada colina y el ritmo de las mareas. Cuidan a los frailecillos durante el verano, y saben de los lugares más mágicos y secretos. Todo es familiar, casi nada cambia y, para Tilda, nada debería hacerlo: es hermoso, es perfecto y es su hogar.