Cuentos ganadores

Segundo puesto

El libro pedante.

Autor: Álvaro Olaya Peláez 

Estando en la librería El laberinto de Borges, la gerente dedica la primera hora de su jornada a revisar y tramitar la correspondencia pendiente. Además del gran número de correos electrónicos, algunas veces recibe cartas en papel. Precisamente hoy, entre los pendientes que tenía sobre su escritorio, le llamó la atención una carta escrita a mano probablemente con pluma fuente y en caracteres itálicos y en grueso y antiguo papel de algodón. Intrigada, procedió a leerla:

Medellín, junio 27 de 2023

Señora gerente:

Reciba un respetuoso saludo de uno de los huéspedes de su acreditada librería. El fin de esta carta es ponerla al tanto de un flagrante agravio del que he sido objeto por parte de sus funcionarios y solicitarle la correspondiente reparación. Quizás le parezca inusual que alguien de su colección se atreva a escribirle, cuando siempre hemos sido considerados sujetos pasivos que estamos acá primordialmente como medios mercantiles del negocio. Entiendo la diferencia entre una biblioteca, la cual tiene como misión custodiar, preservar y difundir el patrimonio bibliográfico de la comunidad y poco o nada son influenciadas sus decisiones por asuntos mercantiles; mientras en el caso de las librerías, como la que usted regenta, están obligadas a tramitar los asuntos financieros, so pena de desparecer. Eso lo entiendo señora gerente, pero también sé que la profesión de librero está impregnada de un alto nivel de aprecio y su función es fomentar la importante producción de los escritores. Tanto el librero como el escritor se necesitan mutuamente y nosotros los libros somos la materialización de ese entrañable vínculo. Primero me presento: Soy un libro —lo cual nada tiene de particular tratándose del tipo de negocio que usted regenta—. Pero me es imperativo decirle que si se fija en las características materiales de mi exterior, como la portada y el material de la tapa, quizás me parezca a uno de tantos ejemplares que a diario circulan por sus anaqueles. Pero no soy un libro común y corriente de los que con frecuencia figuran en las vulgares colecciones que suelen comprar las personas con evidentes carencias culturales. En mi caso no es así, pues con orgullo puedo darle cuenta de mi origen, el cual es estrictamente académico. Para corroborar el valor de una publicación como la que me enorgullezco de portar en las 387 páginas que conforman mi volumen, paso a ilustrarla sobre los dos criterios que dan cuenta de mi valor bibliográfico: En primer lugar deseo informarla sobre mi escritor. Se trata de un ilustre investigador universitario, quien lleva casi veinte años regentando una cátedra en un doctorado de la facultad de Humanidades de la más prestigiosa universidad de esta ciudad. Como bien puede constatarlo en el profundo prólogo, cuyo artífice es un honorable miembro de la academia de ciencias de Serbia. Mi autor—el profesor M…—, ha sido ponente en varios congresos nacionales e internacionales, su trayectoria en publicaciones científicas está avalada en agencias internacionales por su rigor metodológico y en tres ocasiones ha sido considerado su nombre para desempeñarse como decano de su facultad. Ahora bien, podría decirse que el curriculum del autor no es suficiente argumento para valorar una obra, pues entonces acudo a hablarle de mi contenido. Se trata de la memoria de un trabajo de investigación cualitativa en donde la fenomenología hermenéutica se pone a disposición de la comprensión profunda de eventos sociales de gran trascendencia, como es desentrañar los efectos del ruido ambiental en la eficacia de los grupos focales cuando se realizan estudios de mercadeo. En este estudio el autor plasmó toda su capacidad metodológica y creativa para dar cuenta del asunto, que en palabras del doctor James MacGregor Jr., jurado internacional, “se trata de una innovadora forma de abordar lo cotidiano, descifrando procesos inherentes y estableciendo relaciones conceptuales de gran avance en la ciencia moderna”. No sobra decir que el jurado recomendó su publicación. Entonces es ahí cuando yo aparezco. Desde hace más de un año fui ubicado por sus dependientes en la colección de humanidades, lo cual es seña de la acertada clasificación que sus libreros me otorgaron. Debo confesarle que este hecho me enorgullece, pues he compartido anaquel con destacados pensadores como Montaigne, Erasmo de Rotterdam, Tomás Moro, Rabelais y Maquiavelo, entre otros. Con alguna frecuencia mi autor —a quien he llegado a considerar como mi padre (o madre para ser más preciso)—, viene a la librería con algunos de sus discípulos y puedo sentir su orgullo cuando me muestra a sus acompañantes. La afrenta de la que sido objeto radica en que desde hace dos días fui sacado abruptamente del sitial en la colección y sin mediar explicación alguna me han tirado con descuido en una canasta central que tiene un aviso de promoción con 80% de descuento. Usted bien puede imaginarse mi condición al verme de súbito rodeado de libracos cursis y descastados, como por ejemplo un manual para cultivo de suculentas, las memorias de un desfile canino, un bodrio sobre interpretación del horóscopo y otro que ingenuamente promete develar cómo hacerse un buen escritor en 10 lecciones. Es totalmente inaudito que quizás sin su consentimiento, funcionarios suyos con una evidente falta de criterio bibliográfico se atrevan a hacerme ese ultraje. Hay que esperar la reacción de mi reconocido autor. La conmino entonces señora gerente a que, como un acto de desagravio, dicte usted las instrucciones necesarias para que este error sea corregido y sin mediar nada más, sea recuperada mi dignidad. 

De usted respetuosamente,

Efectos del ruido ambiental en la investigación de mercados. Primera Edición. Editorial La Retorta. Medellín 2021

Al terminar la lectura, la gerente se dirige a la mencionada canastilla de libros en rebaja, toma el ejemplar de libro correspondiente, lo lleva al escritorio de uno de sus dependientes y le dice:

—Gustavo, este libro no debe estar en rebaja. Es para enviarlo a reciclaje.

Mención de honor 1

El estante blanco

Autor: Walter Salas Zapata

Parte 1

Estando en una librería, Candelaria Zabaleta siempre siente felicidad, pero cuando se encuentra frente al estante blanco de la librería El Saxofonista, su vida se llena de gozo y placer. Ella vive en un pequeño pueblo, de frías temperaturas y pocas personas, a una hora de la capital. Es una rubia, de tez blanca y piel suave que trabaja en un café por largas horas durante los siete días de la semana. Su tiempo libre transcurre entre el disfrute de la compañía de sus gatos, de sus lecturas y de tocar el piano, aunque de vez en cuando también aprovecha para quitarle la mordaza a los pensamientos más despiadados sobre el sentido de su existencia y la estupidez humana. Aunque crítica de la condición humana y siendo una persona que disfruta de su soledad, a Candelaria le gusta amar y sentirse amada. Deseos que oculta bajo un halo de cierta soberbia en su actuar. Candelaria viaja regularmente a la capital. Cada sábado toma un tren que la deja a tres esquinas de la librería. A diferencia de sus jornadas de trabajo, esta rutina semanal está esculpida sobre una extraña mezcla de deseo y seducción producidos por el estante blanco de la librería El Saxofonista. Esta librería es una casa antigua, un vestigio del esplendor de la ciudad en los años cuarenta y a la vez un santuario que recibe a sus visitantes con un pequeño restaurante en el primer piso, donde el café, el vino y el jazz se mezclan para generar un escenario deleitante que invita a subir las escalas hacia el segundo piso, donde se encuentra la librería. Cuando Candelaria sube, con el ascenso de cada escalón su corazón se acelera, como si de encontrarse con su gran amor se tratase. Sube intrépidamente hasta llegar a aquel estante misterioso y blanco. Es su estante favorito porque siente que fue hecho para ella. En él encuentra textos de Bukowski, Camus y Schopenhauer. Mediante lecturas breves y desprevenidas aprovecha para llenar su alma con pensamientos de sus autores preferidos. Cuando abre las páginas siente que ellos, con divina inspiración y ánimo seductor, dirigen sus palabras exclusivamente a ella, pues cada frase, cada palabra, parece corresponderse con algún deseo vetado y trasladarla a un lugar desconocido donde pudiera escapar de su propia realidad y hacer más leve su pesada existencia. Incluso sentir la textura de las páginas le es placentero y por eso no solamente toma las páginas con sus manos sino también las acaricia.

Parte 2

Guillermo Sola es un sujeto tímido, delgado y un poco lánguido. Los fines de semana ayuda a su padre atendiendo a los visitantes de la librería. Cada sábado llega para recibir a los potenciales clientes de El Saxofonista. Una tarde, cuando Guillermo estaba a la espera de los visitantes, observó que entre la multitud llegó una mujer joven, de extensa cabellera rubia y ondulante, y de tez blanca. Ella captó su atención y con el pasar de los días también él notó que en su vestir ella combinaba formas de sutil coquetería. Cuando su vestimenta dejaba entrever un escote en su pecho, sus piernas se ocultaban al público; y cuando estas se asomaban al sol, un suéter recorría sus brazos desde las muñecas hasta el cuello. La atención de Guillermo hacia esta visitante se tornó cada vez más intencionada. La veía recorrer la librería y detenerse en algunos estantes que atraían su interés. El notaba que ella se detenía en el estante donde se encontraban los libros de Bukowski, aunque también recorría el pasillo unos metros más y se detenía frente a los libros de Camus; andaba otros pasos más y también frenaba su andar frente a los escritos de Schopenhauer. Guillermo observó detenidamente los libros tomados por ella, así como las formas de sus cubiertas y las texturas de sus páginas, reparó en los autores y las ideas subyacentes de los textos elegidos, y que habían robado su atención. Ante semejantes expresiones de exacerbado interés por parte de ella, Guillermo tomó la decisión de organizar un estante que concentrara libros de Bukowski, Camus y Schopenhauer, y en el que le sugería algunos otros con similares reflexiones sobre el carácter agridulce de la condición y existencia humana. Quería brindarle a ella un espacio que fuera tan íntimo como para sacar suavemente sus pensamientos y descargar un poco su alma. Dispuso una silla junto al estante para que ella se sentara y pudiera hacer lecturas breves y desprevenidas. Puso una cuerda que en señal de cierre prohibía su uso al público en general, pero eliminaba dicha señal ante la presencia de ella. Guillermo era consciente de que no podría concentrar en ese estante todos los libros de estos autores, así que escogió aquellos que tenían cubiertas duras, grabadas o con ilustraciones, que proyectaran la apariencia de ser libros antiguos, con letras grandes, para hacer más amena su lectura, y con páginas de textura suave y mate para que no maltrataran la vista de la joven mujer ni la delicadeza de sus manos. Si esas páginas habían de tocar su piel, entonces tendrían que ser las más suaves. De ese modo, Guillermo organizó todo en un estante y, para llamar la atención de ella, lo pintó de blanco.

Parte tres

Cuando exploraba el estante, Candelaria sentía una sensación parecida a la que produce el amor, sentía que dialogaba con algo o alguien que, a través de él, y de la elección de los libros le decía algo y conversaba placenteramente, aunque no fuera un diálogo. Sentía con extraña satisfacción que la intimidad de su corazón era invadida por ese algo o alguien que presentaba libros en tales formas, materiales, autores y estilos que daban cuenta de que, quien lo haya hecho, ya la había leído a ella mucho antes. Sin embargo, en el regocijo de su soledad, ella sabía que el enamoramiento habría supuesto una condena. Por eso nunca se preguntó por el origen del estante. Cuando Guillermo veía llegar a Candelaria y la observaba explorando el estante y tomando los libros que el mismo le hubiese entregado de sus propias manos, también sentía algo parecido al amor. Su respiración se hacía difícil de controlar y un sudor leve cubría sus manos cuando veía los lentos movimientos de sus labios y se daba cuenta que eran las palabras que él mismo le habría querido decir en el calor de la cercana presencia del otro. Sin embargo, Guillermo se estaba formando como seminarista y esa convicción frenó el impulso que necesitaría para dar un paso más allá del estante y conversar con ella. Por muchos meses el estante blanco generó una extraña unión entre ambos, pero la soberbia actitud de Candelaria sobre la expresión de sus emociones mientras rendía tributo a la soledad, y la convicción de Guillermo con respecto a un compromiso, impidieron que ambos fueran más allá del estante. Así que, luego de un tiempo, Guillermo se fue y el estante dejó de ser un reflejo del mundo interior de Candelaria. Por esa razón, aunque el estante todavía existe, Candelaria jamás volvió.

Mención de honor 2

Una lectura en pausa

Por: Jorge Luis

Estando en una librería, un hombre encontró una obra cualquiera. El título le sonó irónico con la tarea encomendada esa mañana: Crónica de una muerte enunciada. La referencia le ganó el pulso mental que competía con Franklin va a la escuela; con una bonita gráfica en la portada que le evocaba una infancia rodeada de furia y nostalgia, cuando alcanzó a verlo en la biblioteca, pero no se lo prestaron. Había tomado ambos libros en sus manos, tanteó la novela y devolvió la cartilla de la tortuguita a su lugar. Le correspondía hacer tiempo, en cualquier momento su celular le indicaría que su objetivo iba a salir de un vetusto edificio. Era un día caluroso en pleno centro de la ciudad, debía estar desde las nueve, con su arma cargada, lista para liquidar. Él, dispuesto a huir en dirección al parqueadero, luego una moto de bajo cilindraje complementaria la carrera.

Era un trámite de oficio, pero luego cambió el plan. En un mensaje de texto le contaron que el hombre que debía ser asesinado se demoraría en la edificación que tenía al lado. Sólo una librería, con un ventanal que le permitía no perder detalle, se ofreció como refugio para no cambiar el compromiso.

Una bonita librera le ofreció café, el hombre tratando de encarnar una sonrisa sincera se negó, fingió perderse en la lectura de la obra de García Márquez mientras pasaba el tiempo, de cuando en cuando su vista advertía movimientos en la puerta del frente.  Las letras fueron ofreciéndole tranquilidad.  Sintió cada vez menos pesado el bulto de metal letal en su pantalón y el latir del corazón se fue armonizando con la respiración, el calor bajó, mientras imaginaba con el rostro de sus amigos del barrio la historia de Bayardo Sanroman y Ángela Vicario. Pronto se volvió importante el suceder de Santiago Nasar. Las páginas iban avanzando con saltos de intermitencia, como si buscara una certeza... el bienestar del personaje literario vestido de blanco.

Varios pensamientos en contrapunto aparecían en su mente: la expresión de la librera que veía a un cliente leer sin pagar, los minutos finitos expuestos a la lectura, el celular que se asomaba en un borde de las páginas del libro amenazando interrumpir la historia en cualquier momento, la puerta del edificio de enfrente que conectaba con su tarea, las palabras de la hermana Lady; que en el internado le hablaba de la importancia de la lectura ¿Cuánta razón? Apenas venía a entender a la anciana monja. Pensó en las historias que se perdía desde que aprendió y no volvió a usar el leer. Era la primera vez que se atrevía a recorrer con sus ojos las palabras del laberinto de una novela, descubrió su imaginación, al igual que sus sentimientos recorriendo los capítulos a paso raudo.

Mientras Santiago Nasar caminaba por las calles de una costa imaginada por el lector, la vida de ambos pasaba por el ventanal que reflejaba la imagen de un hombre leyendo. Al otro lado del cristal, una víctima real se asomaba en la puerta, tanteaba el reloj y caminaba despacio atraído por un título de la misma librería. Los primeros puñales entraban en el personaje literario en los capítulos finales, una sensación de injusticia le hizo levantar la mirada al sicario y se encontró con los de su objetivo. El sujeto cualquiera supo que se llamaba Juan, también recordó para qué era su arma. Volvió a la realidad mientras el móvil le anunciaba un tercer mensaje indicándole que todo el tablero se había puesto en movimiento.

El hombre señalado para morir dio media vuelta pensando en dejar para otro día el libro señalado para comprar, caminó unos pasos. No presintió que tras de él, un sicario contratado salía como impulsado por un resorte desde la librería. Se movía empuñando un arma en el bolsillo y en su cabeza un mar de sensaciones. De golpe, Juan comprendió que su víctima estaba vestida de blanco, como el Santiago de literatura que acababa de dejar en un charco de sangre que no manchaba ante la mirada atenta de todos los personajes del pueblo del libro. Por segunda vez la realidad se confundió, dudó de su tarea. Había matado una media docena de veces, no le pesaban los muertos en la conciencia. Sentía que justificaba toda su niñez de maltrato, los castigos en el internado, los golpes que le daban en el colegio, las primeras visitas a la correccional, el policía que se la tenía montada. Si tan sólo, pensó, alguno de los que me maltrató hubiera leído un libro.

Su víctima, escapaba ahora en un taxi, inocente del torbellino de sensaciones que padecía Juan. Unos minutos pasaron. El sicario dio vuelta atrás, le preguntó a la librera cuanto valía el libro de Crónica de una muerte anunciada. Ella contestó con una sonrisa que eran veinte mil, agregó que: “el libro había encontrado a un lector cualquiera” Juan había pensado que la situación era inversa. Contrariado pagó con dos billetes de diez mil. Ya salía de nuevo, cuando regresó preso de las mismas sensaciones que le burlaron su tarea esa mañana.

—¿Y cuánto vale el de la tortuguita Franklin?

No fuera a ser que alguien que debería estar muerto lo compre mañana y se quedara Juan sin su libro de la infancia.